Galicia, kilómetros dónde cada curva, cada cambio de rasante, cada nueva carretera son solo enlace a un nuevo caminar entre mágicos paisajes. Un viaje en el tiempo donde todo fluye en armonía

Una experiencia sensorial pocas veces vivida por lo que cuesta elegir un destino, pero como no me cada más remedio, en esta ocasión nos vamos a Burela, provincia de Lugo, en la comarca conocida como La Mariña.

No tardo en rendirme seducido por sus colores, esa atmósfera nostálgica que te engulle y hace que me lance a pasear por las calles, guiándome del sonido del mar para descubrir el más grande de los tesoros de este pequeño pueblo: su puerto pesquero, uno de los más importantes de la costa cantábrica. En él podemos ver cómo llegan sus barcos después de meses faenando para descargar sus capturas en la lonja, donde son pesadas, clasificadas y distribuidas a toda la península Ibérica. Sin duda, un espectáculo que recomiendo contemplar.

A pocos metr

os de la lonja, me doy de bruces con los astilleros Armón, responsables entre otros de las construcción de varios barcos para la flota de la Nueva Pescanova, donde desde el muelle se pueden observar los trabajos que están realizando, algo que impresiona a alguien de interior como el que suscribe.

No podía evitarlo. De nuevo un pequeño madrugón, seis y media de la mañana… ¿Y para qué? Para disfrutar con la luz del amanecer de O Perdouro, zona geológica costera situada frente al puerto que, custodiada por grandes cormoranes, nos descubre formaciones rocosas espectaculares que datan de la primera deformación herciniana, a las que los lugareños han puesto nombres como la catedral o el pico del gallo para poder hablar de las leyendas que se esconden tras cada rincón y que gustosamente te contaran si les preguntas.

Como remate de lujo a la mañana me dirijo a la cala de O Cabaliño para ver como rompen las olas en el Faro de Piedra de Burela, que con su torre negra y banda amarilla marca la salida y la entrada a los barcos que marinan sus aguas.

Por último, y como no podía ser de otra manera, no me puedo despedir de esta pequeña población costera sin degustar su empanada gallega y su plato estrella, el bonito de Burela, para cerrar con una porción de tarta de Mondoñedo y apuntarme en la agenda regresar en agosto, mes en el que se celebra la fiesta del marisco y la feria del bonito.

 

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