En esta ocasión, y en apenas tres horas desde mi partida en Badajoz, la carretera me conduce a dos enclaves mágicos del Alentejo portugués

El primero de ellos es el muelle palafítico de Carrasqueira, muy cerquita de la playa de Comporta, bien conocida por los pacenses. Un entorno único en Europa, sin duda una de las obras maestras de la arquitectura popular. Construido en estacas de madera aparentemente frágiles durante la década de los 50, se extiende cientos de metros por los fangos del río Sado. Su serpenteante caminar de frágiles tablones

y pequeñas casas que se erigen construidas en madera a lo largo de los diversos muelles sirve para permitir el acceso de los pescadores a los barcos, incluso durante la baja mar.

Este es sin duda uno de mis lugares favoritos para venir a disfrutar de una puesta de sol inolvidable por su hermosura y la suavidad con la que el astro va entrando minuto a minuto en el océano para dar paso a la noche. Recomiendo vivirlo en primera persona. Eso sí con un buen repelente para mosquitos ya que se cuenta a millares cuando la luz va desapareciendo.

A unos 60 kilómetros al sur hago la parada de rigor para recobrar fuerzas, concretamente en Sines, cuna del célebre navegante Vasco de Gama y de los placeres de la comida alentejana. Cuesta decidirse entre las migas con pescado frito, el arroz de caracoles, de mejillón o de marisco, pero para empezar comenzaremos con una ensalada de choco y después el destino proveerá.

Otro atardecer mágico es el que podemos contemplar desde su castillo, fortaleza medieval construida en el siglo VII. Tras disfrutar de la imagen, una vuelta por sus calles nos lleva en un imparable descenso al bello y tranquilo paseo marítimo para contemplar la inmensidad del océano desde el espigón hasta el puerto y dar así por finalizado este viaje.

 

 

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